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martes, 31 de diciembre de 2019

Pánico

Lo primero que sentí fue pánico...

Intenté abrir mis ojos, pero se sentían sellados. Por mucho que lo intentaba, nada parecía funcionar. Después, intenté mover mis miembros. Brazos: nada. Ni un milímetro. Las piernas igual, como la cabeza. No podía mover ni un musculo, estaba ciego y sin movimiento. Pero podía escuchar bien.

El tintineo del agua goteando sobre el metal era casi todo lo que podía oír, pero el terrible sonido de la carne siendo cortada, que escuche después, era enloquecedor. Luego, lo noté.

Un dolor punzante. Peor que nada que hubiera sentido en mi vida. Quería gritar, pero mi boca no respondía. Sentía las hojas cortando profundamente en mi pecho, y el horrible dolor que me causaban. Sabía que está siendo abierto. Cada miembro de mi cuerpo ardía.

Intenté mantener mi mente en blanco, a pesar de la tortura que está sintiendo. Tan solo podía imaginar en lo que mis captores hacían, ¿Quién podría pensar en hacer una cosa como esta? Nadie se merece este tormento.

Tras lo que sentí como horas, por fin pude escucharles hablar. Uno de ellos demandaba mas instrumentos con los que torturarme, y el otro se los daba.

Pero después escuche como se habría una puerta. Escuchaba algunas voces en la distancia, pero fueron silenciadas por el hombre que entró.

“No sabemos cuánto nos llevara la cirugía. Espero que tan solo sean un par de horas mas.”

“No te preocupes. La anestesia aun hace efecto. No puede sentir nada.”




viernes, 31 de mayo de 2019

¡Shh!...Yo también escuché eso

Era una tarde lluviosa, en donde la única opción de entretenerse era quedarse en casa jugando algún juego de mesa, llenando algún crucigrama, tomando alguna taza de té caliente para el frío o simplemente jugar con muñecas, que era lo que hacía la pequeña Elizabeth. Lo que más le gustaba a nuestra pequeña era darle vida a sus muñecas con entretenidas historias de piratas y de tesoros escondidos y esto sucedía en su habitación, para ella era el lugar perfecto para que sus muñecas se convirtieran en temibles piratas. Y este gusto por inventar historias de piratas se debe a que su madre cada noche para que ella se quede dormida le lee algún cuento sobre aventuras en los mares o simplemente los inventa para que la pequeña pueda dormir.

Esa tarde de lluvia fue extraña se sentía en el ambiente o eso era lo que la mamá sentía, algo extraño, pero ¿Qué era? Elizabeth como niña no sentía la mismo, ya que, para ella solo era una lluvia que la obligaba a mantenerse dentro de la casa a la espera que terminara. Mientras ella jugaba su madre se encontraba en la planta baja de la casa preparando lo que sería la cena que sería especial debido a que los días de lluvia la mamá cocinaba lo que Elizabeth más le gustaba comer que eran panqueques con manjar o con mermelada y un buen tazón de leche.

La chica estaba inmersa en su mundo de piratas, barcos hundidos y tesoros escondidos cuando escucha la dulce y melodiosa voz de su madre que le dice: “¡Baja, la cena está lista!”,” ya bajo” responde la pequeña, comenzó a ordenar sus juguetes ansiosa debido a que abajo la esperaban unos ricos panqueques y lo que sería una tarde perfecta, cuando la niña se disponía a bajar por las escaleras un brazo la rodeó, la tomo y le tapó la boca. Era su madre que le dijo ¡shhh! Yo también escuché eso.






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La Pulsera Negra

Aún recuerdo aquella historia... llevaba mucho tiempo trabajando en aquel hospital, probablemente ese extraño suceso cambio mi infeliz vida para siempre. Caminaba por los pasillos del hospital pensando en todas las personas que había atendido en la mañana y en la tarde. Me costó bastante acostumbrarme al sistema que utilizan en este sitio con los pacientes, debido a que en el momento que éstos se internan, se les coloca una pulsera en la muñeca de diversos colores, un ejemplo para que me puedan entender, el negro se utiliza cuando la persona acaba de fallecer.



Un día salí bastante triste de mi turno, producto a que no le puede salvar la vida a uno de mis pacientes, su enfermedad estaba bastante avanzada, ya nada se podía hacer. Entre en el elevador, triste por lo ya mencionado y dentro del elevador había otra persona, casualmente nos pusimos a conversar para romper el hielo mientras el elevador descendía, cuando este, de repente se detiene en el sexto piso y abre sus puertas, vi a un mujer que estaba a punto de entrar, entonces, apreté rápidamente la el botón para que la puerta se cerrara y el elevador siguiera su curso.

Muy sorprendida la mujer que me acompañaba me regaño por lo que había hecho, no paraba de regañarme y avergonzarme. Para que dejara de hacerlo le dije : “Aquella mujer murió mientras yo la operaba… ¿No te diste cuenta de la pulsera negra que traía en su muñeca?”, la mujer sonrió, levanto su brazo y me dijo: “¿Una pulsera como esta?”







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lunes, 26 de febrero de 2018

Miedo a la Obscuridad

No soporto dormir con la luz apagada. Es un miedo irracional que no puedo superar desde niño. Los rincones oscuros me dan miedo, nunca entro en los armarios y hasta hace poco, me sentía muy incómodo en las salas de cine. Es algo muy estúpido, lo sé, pero no puedo evitarlo. Incluso a día de hoy, con treinta y seis años recién cumplidos y un matrimonio estable, tengo que dejar una pequeña lámpara encendida al lado de mi cama.

A mi esposa no le molesta, sabe muy bien como es mi fobia y yo doy gracias a Dios por qué sea comprensiva. No le gusta, sin embargo, que sea tan permisivo con nuestro hijo en lo que a las luces nocturnas respecta.

—No quiero que crezca con el mismo trauma —suele decirme—, a su edad, hay ciertas cosas con las que debe aprender a lidiar.

Sé muy bien a lo que se refiere, no quiere que se vuelva un perturbado como yo. Me duele que piense así pero no puedo negar que tiene razón. Yo tampoco quiero. De hecho, sé que mi miedo es absurdo pero existe un terrible episodio que no puedo olvidar desde los seis años. Es todo culpa de esa maldita alucinación.

Yo estoy en mi cama, mirando hacia la ventana con las cortinas puestas. Apenas y entra un leve rayo de luz de luna, pero no es suficiente. La penumbra lo envuelve todo, haciendo imposible que pueda distinguir mi propia silueta. Mi padre acaba de contarme un cuento para que pueda dormir bien, pero lo he olvidado. Ahora en todo lo que pienso es en esta maldita oscuridad.

Y entonces lo escucho, algo está reptando debajo de mi cama.

Cierro los ojos con fuerza y me arrebujo entre las sábanas, esperando caer dormido de un momento a otro. Siento una presencia a mis espaldas y el corazón me late desbocado.

“Es papá”, trato de decirme, “ha vuelto para ver como estoy, nada más…”

De un momento a otro, lo que sea que esté detrás de mí se inclina y escuchó un murmullo en mi oído que me hiela la sangre:

—Sabes que él no vendrá para ayudarte.

Cuando miro por encima de mi hombro, dos ojos ardientes como brasas me devuelven la mirada. Esta cosa no es un hombre. Tiene el cuerpo de uno, pero su cabeza parece la de un cerdo y una sonrisa demente le llega casi las orejas.

Grito y mis padres corren asustados a verme.

Ahora sé que no fue más que una pesadilla, claro, ¿pero cómo volver a apagar la luz cuando el miedo irracional me domina? ¿Cómo hacerlo, cuando esta misma noche, mi hijo me dijo algo que me estremeció como en mi infancia?

—No apagues la luz, papá. Tengo miedo de que el hombre regrese.

—¿De qué hombre estás hablando?

—Hablo del hombre malo —lo vi ponerse pálido—, ese que tiene cabeza de cerdo y se arrastra como uno.

Y por un instante, creí que mis pies dejarían de sostenerme.





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