lunes, 19 de agosto de 2019

#034 El Holder del Olvido

En cualquier ciudad, en cualquier país, puedes ir a cualquier institución mental o centro de rehabilitación donde puedas llegar por ti mismo. Dirígete a la recepción y pide visitar a aquel que se hace llamar "el portador del olvido". El empleado te mirará a los ojos y "tragará" audiblemente, te guiará a una habitación en las profundidades del edificio, mucho más profundo de lo que creerás posible. El empleado abrirá una puerta, dedicándote una última mirada de temor. Si eres valiente, entra en la habitación. Si eres un cobarde, huye ahora.

Dentro de la habitación, solo habrá una silla. Siéntate en ella. Si en algún momento comienzas a sentir un miedo inexplicable, levántate y corre hacia la salida. Aún eres libre de escapar. Si eliges quedarte, permanece sentado y espera hasta que las luces de la habitación parpadeen. No te levantes de la silla. Por ningún motivo te pares. Si no estás sentado cuando las luces empiecen a parpadear, caerás en el vacío entre ambos mundos y serás una comida para sus grotescos habitantes.

Cuando las luces parpadeen, debes cerrar los ojos de inmediato. Mirar hacia el vacío destruiría tu mente. Solo cuando escuches a un hombre aclararse la garganta podrás abrir de nuevo los ojos. Estarás en un calabozo oscuro, atado a la silla por una red de cadenas de una madera muy oscura. A tu alrededor, habrán muchas cabezas atravesadas por picas enlodadas de sangre, éstas estarán alineadas mirandote, y de pie ante ti estará un hombre vestido con un traje de verdugo. Míralo a los ojos; no muevas la mirada, no muestres el más mínimo atisbo de miedo, ya que si lo haces, él agregará tu cabeza a su colección.

Lo único que puedes decir sin ser decapitado es la siguiente pregunta:

¿Qué vendrá con ellos?

El verdugo reirá inhumanamente, las cabezas empaladas comenzarán a hablar. Te hablarán de horrorosas ejecuciones, te contarán con detalle sus finales individuales, pero no debes apartar la mirada del verdugo, o tú también hablarás de tu muerte. Eventualmente, él hablará de su propia "muerte", te contarán acerca de aquellos que trajeron la desgracia. Cuando termine su relato,se quitará la capucha, revelando una cara esquelética. Con una carcajada, agitará las manos y el mundo, y tú con él, se hundirán en la oscuridad.

Cuando vuelva la luz, estarás sentado tranquilamente en el vestíbulo de la institución. En tu regazo estará la capucha del verdugo.

Esa capucha es el objeto 34 de 538. Has visto lo que traerán consigo ¿los detendrás?



domingo, 18 de agosto de 2019

Te estoy Mirando

Lo había conocido en Facebook. Parecía un buen tipo, su foto de perfil no mostraba mucho, más allá de unos ojos azules cuya expresión no podía descifrar. Tampoco tenía demasiadas fotos en su perfil. Misterioso y evasivo, así era como Madison describía a Ted Perkins, joven de 21 años residente en Arizona. Lo único que esperaba era que no se tratara de un viejo gordo y pervertido que se hiciera pasar por un muchacho. Eso sería patético.

¿Cuándo vas a dejar que te vea?, le escribió en la pequeña ventana del chat que se despegó en la esquina inferior de su pantalla. Ted se tardó en responder. Como de costumbre.

¿Para qué quieres verme?

Solo curiosidad, hemos estado hablando durante más de tres meses, le respondió Madison, riendo para sus adentros.

Aunque existiera la posibilidad de que Ted fuera en realidad viejo y gordo, debía admitir que su charla siempre era interesante, la hacía reír y también sentir en confianza. Lo suficiente como para contarle cosas sobre su vida. Cosas como su horario de la escuela, el instituto al que asistía y como era su casa ubicada en un pequeño suburbio, donde nunca pasaba nada.

¿De verdad te gustaría verme?, le preguntó Ted.

Pues claro bobo, ¡si llevo pidiéndotelo desde hace semanas!, le contestó ella, rodando los ojos. Había que ver que el chico a veces le daba demasiadas vueltas al asunto.

¿No serás un viejo pervertido que trata de engañarme, no?, le insistió, en broma, mientras reía echada sobre el edredón rosa de su cama.

Pasaron cinco minutos sin que Ted respondiese. Madison se había dedicado a comentar las fotos de sus amigas, cuando el chat volvió a parpadear. Su amigo virtual había escrito tres simples palabras.

Te estoy mirando.

Sí, claro, replicó ella, tomándoselo a broma.

Es en serio. Puedo verte.

Vale, ¿qué llevo puesto?

Madison sonrió socarronamente y le dio a la foto de la borrachera que Tammy se había pegado la semana pasada. Si sus padres se enteraran, seguro la dejaban sin salir el resto de su vida. Volvió a mirar el chat y la respuesta de Ted la congeló.

Un top celeste y unos shorts con lunares verdes.

Por un instante, Madison se incorporó y miró hacia todas partes, nerviosa. Vale, siempre cabía la posibilidad de que Ted hubiera adivinado, aunque fue muy específico en los detalles de su prenda inferior.

¿Hackeaste mi cámara web?, escribió, enojada.

Te estoy mirando.

Esto no es gracioso.

Madison bufó. El muy idiota le había hackeado la computadora, era la única explicación. No volvería a confiar en él.

El sonido de un celular hizo eco en el dormitorio. Excepto que no era su teléfono... Madison lo tenía a un lado y ni siquiera estaba encendido. Un escalofrío le recorrió la columna cuando el ruido volvió a repetirse. Miró hacia su armario. Lentamente, se puso de pie y alargó la mano para abrir la puerta. Pero alguien más la abrió desde dentro.

Un tipo con una máscara de cabra la miró desde adentro.

—Sorpresa, Madison.



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sábado, 17 de agosto de 2019

La chica de la curva

Siempre he pensado que los humanos somos todos iguales. En la televisión, en la radio, incluso en el cine nos invaden cada día con ideas que tratan de convencernos de que somos diferentes, únicos. Somos el resultado de una formula matemática perfecta que jamas se volverá a repetir en la historia. Pero un día cambie de opinión y comencé a creer en el destino, y en los extraños planes que este guarda para todos y cada uno de nosotros.

Mi historia comienza un día gris, catastrófico, en el que la tragedia me persigue de la misma manera que un gato perseguiría a un ratón. El teléfono suena de repente, es de madrugada, puedo sentir el frío recorriendo mi cuerpo al abandonar el calor de mi cama, y como en sueños, recibo una de las peores noticias de mi vida. «Tu hermana»… «perdió el control de su coche»… «vehículo destrozado»… «no pudimos hacer nada por ella» – frases inconexas provenientes de mi interlocutor que me asestan una puñalada en lo mas profundo de mi estomago y me dejan llorando desesperado como si fuera un niño.

Lo que paso a continuación tan solo puede describirse con la palabra terrible, pues una vez más el teléfono sonó y me arrancó de los brazos de Morfeo. Temblando mientras el agudo timbre me taladraba hasta el fondo del cerebro, levanté el auricular y aquellas palabras resonaron una vez más «¿cuando vendrás a por mi?»,decía la voz de mi difunta hermana en el auricular. Fuera de mis cabales decidí coger mi coche y dirigirme al punto exacto donde sucedió el fatídico accidente.

Tras un angustioso rato de conducción en el que mi cabeza era un torrente de pensamientos, llegué al lugar: tan solo iluminado por los faros delanteros de mi coche aquel lugar parecía un desierto de oscuridad, silencioso y frío como un témpano. Sin detener el motor estuve mirando hacia la oscuridad durante unos minutos en los que presa de mi nerviosismo a punto estuve de creer que alguien se acercaba hacia mi posicion, pero al volver a mirar no había simplemente nadie.

Dí la vuelta y reanudé la marcha de vuelta a casa, cuando de repente una mano fría se apoyó en mi hombro y me hizo dar un golpe de volante que causó que mi automóvil se saliera de la carretera. Debí de golpearme la cabeza contra el volante, porque cuando desperté al cabo de un momento una parte de mi frente comenzaba a sangrar. Aturdido por el golpe y con el miedo apoderándose de mi, miré por el retrovisor y allí estaba el cadáver de mi hermana, vestida de la misma manera que la ultima vez que la vi.

Ella también me miraba directamente a los ojos, y con una voz fría, tan gélida que jamás la podré olvidar, me dijo: «gracias por venir, hermanito. Me alegro mucho de verte, te volveré a llamar pronto». Desde entonces ha pasado mucho tiempo, pero el vacío que Lucia dejo en mi vida no ha podido ser llenado por nada. Son demasiado recurrentes las noches en las que me despierto por que creo volver a escuchar el teléfono de madrugada, y me desvelo inmerso en mi miseria hasta el amanecer. Pero aquella noche, descubrí algo que hasta entonces fui demasiado cobarde para afrontar. Mientras el reloj de mi vecino anunciaba las cuatro de la madrugada, me volvía a despertar sobresaltado por mis pesadillas pero con la diferencia de que esta vez el teléfono volvía a sonar y era tan real como mi respiración.

Con el miedo apoderándose poco a poco de mi, me levante de la cama y me quede mirando en silencio el teléfono mientras su característico sonido se apoderaba de toda la casa. Cuando por fin pude reunir las fuerzas suficientes para levantar el auricular, un sudor frío me recorrió el cuerpo de punta a punta: una voz muy familiar me preguntaba directamente «¿cuando vendrás a por mi?». Enloquecido por lo que acababa de escuchar arrojé el teléfono de la mesa y me quedé petrificado por unos segundos. Lo que acaba de suceder no podía ser real. Mi mente me traicionaba, pues aquella voz era de mi hermana, y mi hermana llevaba mas de un mes muerta.

Cuando pude convencerme de que mi delirio estaba provocado por un mal sueño, volví arrastrándome a mi cama donde agotado, me quedé dormido. A la mañana siguiente cuando desperté pensé que todo había sido una pesadilla, pero al ver el teléfono en el suelo supe que aquello había sido muy real. El día pasó poco a poco y no conseguí reunir la suficiente valía como para hablar con alguien sobre lo sucedido. La noche llegó y con ella el cansancio de mi cuerpo que me pedía que me acostara y olvidara todo en el mundo de los sueños.


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jueves, 15 de agosto de 2019

El Gato Negro - E. A. Poe

Título Original: The Black Cat 
Año de publicación: 19 Agosto 1943

El Gato Negro


Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir.

Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos.

En lo personal, casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que vulgares. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.

La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos.

Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando les daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter, y cuando fui un hombre hice de ella una de mis principales fuentes de gozo. Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los gozos que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del hombre natural.

Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.

Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas.

No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo.

Plutón —llamábase así el gato— era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.

Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta.


Día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba.

Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.

Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.

Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.

La picadura de araña

Para su luna de miel, Stefani y Carlo viajaron hasta un exótico lugar en Asia para disfrutar juntos de sus primeros días como recién casados. Afortunadamente se habían podido permitir pagar un hotel de cinco estrellas: habitación de lujo, comida, cócteles y acceso a los mejores clubes nocturnos de la zona hotelera por dos maravillosas semanas.

Debían aprovechar cuanto pudiesen pues sus respectivos trabajos los esperaban de vuelta en España. Así pues, se dispusieron a disfrutar aquellos días al máximo. En el hotel se hicieron amigos de un guía local que les propuso hacer una excursión hasta una pequeña cascada que le encantaba.

La pareja aceptó encantada y el día anterior a su regreso, se adentraron en la selva con su nuevo amigo, que iba abriéndose paso entre la vegetación con un filoso machete.

El calor húmedo era insoportable, incluso llevando camisetas tan ligeras como las que se habían puesto. Los mosquitos se les amontonaban alrededor sin tregua, hasta que su guía les pasó un ungüento casero que a pesar de oler muy mal, resultó muy poderoso para alejar a aquellos insectos.

Finalmente llegaron a la cascada, por la cual cual Carlo y Stefani se quedaron maravillados.

Allí nadaron, juguetearon, comieron y se quedaron dormidos sobre la hierba. Stefani despertó al sentir un dolor agudo en el cuello y cuando habría los ojos, vio una araña bastante grande que se alejaba a toda prisa entre la hierba. Asustada, se llevó la mano a la piel y descubrió que la había picado.

De vuelta en el hotel, Carlo le limpió y le desinfectó el piquete, que por lo demás no parecía ser muy grave. Empacaron y regresaron a España.

Una semana después, Stefani notó que la picadura se le había hinchado al punto de convertirse en un bulto rojo y muy inflamado. Le dolía mucho. Rápidamente, su esposo la llevó al hospital donde el médico le diagnosticó una infección.

—Voy a tener que abrir la roncha con el bisturí para drenarla —le advirtió, haciendo temblar a la joven.

El doctor le pidió a la enfermera pinzas, bisturí y gasas esterilizadas. Cuando el bisturí se hundió en la inflamada picadura, el bulto empezó a expulsar una buena cantidad de pus y de sangre, lo cual era perfectamente normal en una intervención como aquella.

Lo que no fue normal para nada, fue lo que sucedió en cuanto el médico miró con atención el interior de la roncha. Lanzando un aullido de sorpresa, retrocedió y entonces Stefani sintió que algo bajaba por su cuello.

Algo además de la sangre y el pus.

La enfermera, que en ese instante volvía a entrar en el consultorio, se fijó en ella y dejó escapar un grito de terror, mientras el doctor murmuraba cosas estupefacto.

—Es imposible… imposible…

Stefani se tocó el cuello aterrada y sintió que algo subía por sus dedos. Lanzó un grito de pánico al mirar.

Ahora, decenas de diminutas arañas cubrían su cuello y su mano. Aquel insecto monstruoso no solo la había picado, había incubado sus huevos bajo su piel.



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